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Terra
La Coctelera

El Terrario se traslada.

A veces hay que dar un nuevo impulso, renovarse y cargar baterías. O directamente partir de cero. Terence Trent D’arby quedó cansado de su discográfica y de sus problemas personales y se “convirtió” en Sananda Maitreya para nunca volver la vista atrás a sus viejos éxitos. Prince también se cansó de su discográfica y procedió a convertirse en un “símbolo”, amenazando incluso en volver a publicar sus viejos éxitos regrabados y supuestamente mejorados respecto a los originales (al final sólo sacó un prescindible disco de remixes del tema 1999). Tino Casal se cansó de que le consideraran un émulo de Nino Bravo y se transformó en NeoCasal convirtiéndose así en el primer “new romantic” de España. No es que uno quiera compararse con los tres artistas mencionados, pero sí que le hacía falta a uno un impulso necesario para continuar con el blog.

Y ese impulso me lleva a “partir de cero” en blogspot, donde seguiré escribiendo sobre el cine y la música que me gusta o que, al menos, contenga un elemento que merezca la pena ver o escuchar. Estuve cuatro años fantásticos en La Coctelera, donde he conocido a grandes amigos y lectores. Y continuaré leyéndoles, por supuesto.

Nos vemos por allí. Stay Tuned.

http://elterrariodedonovan.blogspot.com/

Vibrador (baterías incluídas)

Decir que Terence Trent D'arby era machacado a base de bien por parte de su discográfica Sony es quedarse corto. A pesar de lo aceptablemente bien que funcionó Symphony or Damn en el Reino Unido y el éxito de la subsiguiente gira, en Estados Unidos el disco ni siquiera alcanzó los primeros 100 puestos de los discos más vendidos de 1993. Sobra decir que para cuando TTD les presentó su siguiente disco, el Vibrator* (*batteries included) que nos ocupa, la compañía seguía sin estar entusiasmada con las canciones ("demasiado rockeras para ser de soul y demasiado soul para ser rockeras", le dijeron), deseaba desembarazarse de él lo antes posible, dieron escasísima promoción al disco y  el artista tuvo que costearse él mismo los gastos de su Vibrator Tour. Por el camino, TTD se cortó el pelo y se lo tiñó de rubio, según él, inspirado por una portada de revista que había visto de Jada Pinkett con ese mismo peinado. Grabado, como su anterior álbum, en su estudio Monasteryo de Los Angeles con la misma banda que utilizaba en directo en sus giras, Vibrator comienza con el espectacular tema homónimo que resulta ser un funk contagioso donde destaca el bajista Kevin Wyatt -ex miembro de Everything But the Girl- no sólo en este tema, sino en todo el disco en general. También se puede apreciar que TTD combina a la perfección el funk con los ritmos más rockeros. Sobra decir que su voz es prodigiosa y que, con justicia, merecía las comparaciones con Sam Cooke. Supermodel Sandwich es un homenaje a la banda Cream y uno de sus "clásicos-no-oficiales" que difícilmente son incluidos en recopilatorios. Un tema compuesto para el film de Robert Altman Pret-Á-Porter que tiene una segunda versión en el disco con un pseudorapeo. El single que se eligió para la escasa promoción fue una obra maestra del soul como es Holding On to You, tema que TTD escribió originalmente para Rod Stewart pero que el escocés gentilmente devolvió a su dueño. D'arby realiza una de sus mejores interpretaciones vocales en una carrera que tiene unas cuantas. Funk del siglo XXI en Read My Lips (I Dig Your Scene) y C.Y.F.M.L.A.Y.?, temas al piano como If You Go Before Me o el tema de cierre I'ts Been Said (repitiendo la jugada de Let Her Down Easy), Trip-Hop en Surrender, Instropección en TTD'S Recurring Dream (con la voz de la actriz Michelle Forbes al final), temas para soñar despierto como Undeniably y dos joyas que reservo comentar al final: We Don't Have That Much Time Together, tema con ritmos latinos que acaba siendo lo que el Te Amo Corazón de su muy admirado Prince tendría que haber sido; y una obra maestra llamada Resurrection. El Purple Rain/Gold/Last December particular de TTD y en donde uno sospecha que está el germen de su muerte espiritual y su posterior "resurrección" como Sananda Maitreya.

Canción del Sur

Un Clint Eastwood ya encumbrado por los críticos después de años de ceguera decidió un buen día adaptar el best seller de John Berendt (John Kelso en la película e interpretado por John Cusack) sobre el suceso real de la muerte de un joven chapero (un fugaz Jude Law) en la mansión de un millonario de Savannah (Georgia). Era la tercera vez en su carrera, tras Primavera en Otoño y Bird que no se ponía delante de las cámaras en una película dirigida por él. La reacción general fue de indiferencia absoluta y Medianoche en el Jardín del Bien y del Mal quedó entre los títulos arrinconados injustamente de Eastwood mientras otras de sus propuestas eran elevadas a los altares de forma desmedida. A veces despechada como simple película de juicios, lo cual es falso más que nada porque estas escenas sólo ocupan una parte de la segunda mitad de cinta, más que interesarse por el caso de Jim Williams (Kevin Spacey en su versión más cínica y bigotuda),  su "Rashomon" particular y el juicio le sirven de excusa al viejo Clint para rendir tributo a la ciudad de Johnny Mercer a través de sus personajes excéntricos (el viejo que pasea al perro invisible, el "hombre de los abejorros" encarnado por el amiguete Geoffrey Lewis), de entre los que destaca la bigger than life Lady Chablis (as herself). Uno sospecha que Clint vió la oportunidad para continuar sus coqueteos con el "cine fantástico/sobrenatural", ya desde su brevísima aparición en Tarántula de Jack Arnold y que aquí representa con la sacerdotisa vudú Minerva (Irma P. Hall), sus escenas en el cementerio y el clímax final de ultratumba.  Algunos minutos sobrantes en un conjunto de casi dos horas y media y la presencia del florero de su hija Allison, pero al final todo acaba resultando una pequeña delicia.

Solo en la madrugada

A finales de los 80, Oliver Stone estaba en su "momento caliente" con Platoon. Momento en el que todo lo que estrenaba era debatido hasta la saciedad, encumbrado por los críticos (a veces de forma exagerada) y hasta triunfando en taquilla. El "momento caliente" se enfrió con el fiasco de su reivindicable Nixon y, con la excepción de Un Domingo Cualquiera, sus estrenos no fueron todo lo bien que su autor quisiera, caminando en una fina línea entre lo ridículo (World Trade Center con su botella de agua mineral), lo sublime (la cinta con Pacino) o ambas cosas a la vez (la infravalorada comedia negra W.). Uno echa de menos, eso sí, a la hora de analizar su carrera en los resúmenes y especiales sobre su trayectoria, no ya menciones a su pasado en el cine de terror con La Mano y Seizure (co-dirigida con ¡Santos Alcocer!), sino a una cinta de bajo presupuesto ensandwichada temporalmente entre Wall Street y Nacido el 4 de Julio y que rodó para "relajarse" un poco de ser el exorcista oficial de USA y sus males...aunque no del todo. Para Talk Radio (Hablando con la Muerte) pilló un monólogo teatral del actor y dramaturgo Eric Bogosian (el malo de Alerta Máxima 2) y un libro sobre la historia real de Alan Berg, un locutor de radio de Denver que dirigió un talk-show donde recibía llamadas de teléfono de sus oyentes, principalmente ultraderechistas, rednecks, paletos de pueblo y demás "ordinary people" de la América más profunda y les contestaba de forma ruda y sin vacilar. Demasiados huevos al final le acabaron dando tortilla. Wikipedia es su amiga para saber por qué.

Aparte de ver a rostros familiares como Alec Baldwin cuando era delgado, John C. McGinley o Michael Wincott con peluca rubia y superfumado, la verdadera estrella del show es Bogosian recuperando su papel para el teatro de Barry Champlain, suerte de Howard Stern de Dallas autodestructivo y con tendencias suicidas que, tras ser estrella local, está a punto de dar el gran salto a escala nacional con su programa, donde recibe llamadas de adictos al crack, fascistas, majaderos y demás fauna al mismo tiempo que abre en antena sospechosos paquetes que, en vez de bombas, contienen ratas muertas y banderas con la esvástica. Ser judío y deslenguado hace que reciba amenazas de muerte de neo-nazis. Su ex-mujer estará presente el último día que el show se emitirá sólo en Dallas mientras los directivos de la cadena de radio intentan sin éxito que la estrella de la radio suavize el tono agresivo de sus declaraciones con poco éxito. Flashbacks innecesarios para explicar la ascensión en las ondas y ruptura matrimonial del divo intentan describir aún más al personaje que encarna un genial y desatado Bogosian cuyo rostro es todo un poema en los momentos de tensión máxima, al mismo tiempo que se marca un monólogo final de antología (y que en cierta manera me recuerda al de JCVD) sobre por qué la gente escucha su programa, donde Stone crea la ilusión de que el estudio dé vueltas alrededor de Champlain. Un Stone, por cierto, mucho más comedido en lo estilístico de lo habitual, sabedor de los orígenes teatrales del proyecto, pero que inyecta ritmo al montaje y que convierte al estudio en claustrofóbico, mientras su cámara se recrea en la cara de un Champlain desbocado que, tras su apariencia arrogante y temeraria, se esconde un alma rota en pedazos que alguna vez estuvo entera. Para ver en sesión doble con Network y montar debates sobre la libertad de expresión y blablablá. Y si acaba con un tema de la Penguin Café Orchestra, mejor que mejor.

Alguien que me protege

Tres películas de cine fantástico de las cuales una fue un éxito grandioso y creó escuela con alumnos la mayoría muy tontos, otra fue regulín en taquilla pero también creó escuela con alumnos algo más aplicados y la tercera y última se estrelló en la taquilla y no dió ni para colocar la primera piedra de la escuela. Así las cosas, las ambiciones de Ridley Scott circa 1987 cotizaban a la baja mientras buscaba un guión ambientado en "la realidad" y con visos a triunfar en taquilla. Lo encontró con la típica historia de "atractiva mujer rica y guapa ve un brutal asesinato y un policía será el encargado de protegerla". Dos de los astros de moda de aquella época como eran Tom Berenger y Mimi Rogers se apuntaron a intentar reavivar la carrera de Scott. La taquilla dictó sentencia y Someone to Watch Over Me fue rápidamente enterrada bajo el manto del olvido incluso por los fans más acerrimos de Scott. En cierto modo es comprensible: Es un telefilm demasiado predecible y anodino donde no hay mucho que rascar en su interior. Pero lo verdaderamente interesante, aparte de ver cómo Berenger y Rogers se defienden con dignidad y cómo Lorraine Bracco les roba el show como esposa sufridora y cornuda de Berenger, es el envoltorio. Quizás nos encontremos ante el telefilm más lujosamente fotografiado de la historia, donde la cámara de Scott explora ese Manhattan pijo y elitista con sus fiestas para ricos, con el apartamento de la Rogers decorado con todo lujo de detalles donde la música clásica y la ópera retumban por sus paredes (y Scott aprovecha para homenajear a otro esteta visual como Jean-Jacques Beineix con la inclusión del aria "La Wally" cantanda, como en su obra maestra Diva, por Wilhelmina Wiggins Fernández) y con esas calles llenas de humo bladerunneriano e iluminación de anuncio de Cacharel eighties. Algunas escenas bien resueltas como Berenger enfrentado a un sicario del villano (Andreas Katsulas, una especie de joven Fernando Schwartz del todo a 1 euro) en un momento deudor de La Dama de Shangai con el siempre efectivo "juego de espejos", la comida en el restaurante donde la Bracco descubre la infidelidad de su marido y una banda sonora con versiones de Sting y Roberta Flack de la canción que da titulo a la película, amén del Memoirs of Green de Vangelis rescatado de Blade Runner acaban por dar a la cinta un cierto interés.

Traquée
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¿Sueñan los ordenadores con sintetizadores ochenteros?

El siempre ambicioso y emprendedor Richard Branson suele triunfar en lo que se propone, aunque también tuvo sus buenos fracasos. Refrescos, confección de vestidos de novia o últimamente la Fórmula-1 no llenaron aún más sus bolsillos. Y el mundo del cine también se le resistió con Virgin Films. A principios de los 80 distribuyó en video en U.K. algunas películas como Salvador de Oliver Stone y produjo o co-financió fracasos como Principiantes de Julien Temple, 1984 de Michael Radford o el caso que nos ocupa, su primera gran producción que en teoría debía haber arrasado en taquilla pero que se hundió sin remedio. Y eso que Branson aportó artistas de su compañía de discos como Culture Club, Heaven 17, el líder de la ELO Jeff Lynne o un Giorgio Moroder que compuso la banda sonora incidental y el tema principal de la película, cantado por Phil Oakley de The Human League, que triunfó mucho más que la cinta. De nerd propietario del ordenador que cobra vida y de interés amoroso de la cual ambos se enamoran se fichó a unos emergentes Lenny Von Dohlen y Virginia Madsen. Y como director, un titán del mundo de los videoclips de principios de los 80, Steve Barron, de quién para resumirles su currículum decirles que fue el responsable de que las baldosas de la calle se iluminasen allí por donde Michael Jackson las pisaba. Su trayectoria cinematográfica tras Sueños Eléctricos continuaría con las Tortugas Ninja, Los Caraconos o una nueva versión de Pinocho con Martin Landau hasta que cayó en el olvido y se dedicó a recordar glorias pasadas.

Producto claramente propio de su época del que hay que abandonar el modo destroyer a la hora de juzgarlo, el bueno de Barron no abandonó el estilo videoclipero-ochentero con el que triunfó, sino que lo glorifica con grandes angulares, “ojos de pez”, iluminación esteticista y pseudovideoclips dentro de la película que permiten sin embargo ver una pequeña crítica a la excesiva dependencia de la tecnología en la que vivimos mientras contemplamos el show del ordenador Edgar (con la voz en versión original de Bud Harold y Maude Cort) aprendiendo a tocar música gracias a los anuncios de la tele y al violonchelo que toca la Madsen. Es la propia simplicidad del film la que acaba jugando a favor del mismo y el entusiasmo tras las cámaras de Barron a la hora de rodarlo. “Partidas de comecocos humanos” por la casa del protagonista, el ordenador armándola en la ópera, visitas románticas a la cárcel de Alcatraz y un epílogo glorioso/vergüenzajenístico con la famosa cancioncita rematan la simpática propuesta.

 

 

 

 

 

Black Hunt

Si la historia de "hombre-perseguido-en-una-cacería-humana" les suena, den las gracias a El Malvado Zaroff, el clásico de los años 30 del que beben fuentes tanto Blanco Humano como el caso que nos ocupa, rodado justo un año después de la épica Vandammiana por el habitual director de fotografía de Spike Lee y futuro habitual del cine de terror de bajas ambiciones y presupuesto Ernest Dickerson. Para su película, consiguió reunir a un auténtico Dream Team que haría el sueño húmedo de todo aficionado a la serie B de acción más entrañable: El padre del gangsta-rap Ice-T como "sin techo" perseguido y en la nómina de ricachones perseguidores, Rutger Hauer como líder, Charles S. Dutton como segundo al mando y reclutador de presas, Gary Busey como psicólogo de la CIA más tarado que sus pacientes, John C. McGinley de magnate del petróleo que desea ser el primero en abatir a la presa, F. Murray Abraham como tiburón de las finanzas de Wall Street y William McNamara como hijo horrorizado con las actividades de su padre en su tiempo libre contrario a la caza del homeless. Hay quien dice que quizás Dickerson quería hacer un sutil comentario social con el tema de ricos sin escrúpulos persiguiendo a los desheredados y marginados de la sociedad, pero dejemos el asunto a los sociólogos.

Juego de Supervivencia es una modesta cinta de acción testosteronizada que, aunque no aporte excesivas novedades, cumple con sus objetivos y tiene detalles que merecen la pena. Vean sino la cena que acontece en la cabaña la noche antes de la "cacería" donde vemos quién es quién en la mesa y en donde Gary Busey se marca un monólogo impagable sobre su infancia y cómo se hizo una cicatriz o la pelea que acontece justo afuera en la cabina en llamas entre un Busey ya por completo desmadrado y Ice-T, con frases del tipo "me gusta la carne hecha". Llaman también la atención los toques gore con uno de los cazadores que se queda sin piernas por una explosión mientras habla de hacer planes para la próxima expedición. Correctas escenas de acción en los bosques a lo Acorralado y ver a los actores pasándoselo pipa consiguen un buen entretenimiento de hora y media que palidece al lado de su coetánea Blanco Humano.

"Comerán, dormirán y competirán"

Vamos al grano y diremos que Campeón de Campeones es todo un festín para los amantes de las historias de "superación personal", "lecciones que los protagonistas aprenden por el camino", "tó er mundo é güeno" y "festivales de tópicos". Nada hay que un espectador curtido en Rockys, Karates Kids y similares no haya visto antes y mejor. Por no faltar, no falta uno de los recursos favoritos para los guionistas de este tipo de cintas: La tragedia personal del héroe, que en este caso se sitúa en dos frentes. Por un lado, Alex Grady (Eric Roberts, con su nominación al Oscar por Runaway Train a cuestas), antigua estrella marcial enviudada que debido a una lesión grave de hombro está de currela en una cadena de montaje y cuyo hijo acabará en coma tras un accidente de coche poniendo en peligro su participación en el torneo y blablablá; y por otro Tommy Lee (Phillip Rhee, co-guionista de la cinta), instructor de artes marciales para críos cuyo hermano murió en combate con un coreano con parche en el ojo (Simon Rhee, coreógrafo de peleas y hermano de Phillip) que resulta ser la estrella del equipo Surcoreano de Taekwondo. Ambos acaban formando parte del equipo USA de Taekwondo del que forman parte el budista Virgil Keller (John Dye), el italoamericano Sonny Grasso (David Agresta) y el texano redneck y racista Travis Brickey (un nada sutil homenaje a cierto guión de Paul Schrader), encarnado por el mismísimo y difunto Chris Penn. Ahí reside una de las diferencias de Campeón de Campeones respecto a otras cintas marciales: Aparte de la presencia de dos hermanísimos de estrellas de Hollywood en el reparto, los productores se hicieron con los servicios de otros dos nombres de prestigio. Como entrenador-más-duro-que-cinco-pesetas-pero-con-un-corazón-de-oro-en-el-fondo-y-también-con-"pasado" ficharon a una de las voces más reconocibles de Estados Unidos como es James Earl Jones. Y como "ayudante espiritual" que ayuda a los alumnos a entrenar la mente y tenerla despejada...Sally Kirkland (¡?...aunque leyendo el dato de que es predicadora de la Church of the Movement of the Spiritual Inner Awareness quizás ya no suene tan rara para el papel). Tres nominados al Oscar en la misma película de artes marciales. Amén de una ganadora del premio en horas muy abisales como Louise Fletcher de madre de Alex Grady.

Una vez que asumimos el carrusel de tópicos que nos aguardan en la próxima hora y media y que poco lugar hay para la sorpresa, decir que la visión a día de hoy de este pequeño mito del videoclub acaba siendo hasta cierto punto gratificante en la época del montaje rápido que vivimos, con peleas rodadas a la vieja usanza y que pueden seguirse bien, llegando incluso a producir algo de emoción en un espectador que sigue de forma correcta el espartano entrenamiento donde los combatientes vencerán sus prejuicios y problemas personales casi de la noche a la mañana. Montajes de entrenamiento con música AORtera puramente ochentera, peleas en bares, coreanos entrenados con extrema dureza, furia reprimida, discursos sacados del manual de oro del entrenador de película, golpes ilegales no sancionados por el árbitro, hombros dislocados y vueltos a poner en su sitio para un dramático enfrentamiento y un final de combate y epílogo quizás inverosímil pero rodado y actuado con una sinceridad tal que acabamos aceptándolo.

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