Un Clint Eastwood ya encumbrado por los críticos después de años de ceguera decidió un buen día adaptar el best seller de John Berendt (John Kelso en la película e interpretado por John Cusack) sobre el suceso real de la muerte de un joven chapero (un fugaz Jude Law) en la mansión de un millonario de Savannah (Georgia). Era la tercera vez en su carrera, tras Primavera en Otoño y Bird que no se ponía delante de las cámaras en una película dirigida por él. La reacción general fue de indiferencia absoluta y Medianoche en el Jardín del Bien y del Mal quedó entre los títulos arrinconados injustamente de Eastwood mientras otras de sus propuestas eran elevadas a los altares de forma desmedida. A veces despechada como simple película de juicios, lo cual es falso más que nada porque estas escenas sólo ocupan una parte de la segunda mitad de cinta, más que interesarse por el caso de Jim Williams (Kevin Spacey en su versión más cínica y bigotuda), su "Rashomon" particular y el juicio le sirven de excusa al viejo Clint para rendir tributo a la ciudad de Johnny Mercer a través de sus personajes excéntricos (el viejo que pasea al perro invisible, el "hombre de los abejorros" encarnado por el amiguete Geoffrey Lewis), de entre los que destaca la bigger than lifeLady Chablis (as herself). Uno sospecha que Clint vió la oportunidad para continuar sus coqueteos con el "cine fantástico/sobrenatural", ya desde su brevísima aparición en Tarántula de Jack Arnold y que aquí representa con la sacerdotisa vudú Minerva (Irma P. Hall), sus escenas en el cementerio y el clímax final de ultratumba. Algunos minutos sobrantes en un conjunto de casi dos horas y media y la presencia del florero de su hija Allison, pero al final todo acaba resultando una pequeña delicia.
A finales de los 80, Oliver Stone estaba en su "momento caliente" con Platoon. Momento en el que todo lo que estrenaba era debatido hasta la saciedad, encumbrado por los críticos (a veces de forma exagerada) y hasta triunfando en taquilla. El "momento caliente" se enfrió con el fiasco de su reivindicable Nixon y, con la excepción de Un Domingo Cualquiera, sus estrenos no fueron todo lo bien que su autor quisiera, caminando en una fina línea entre lo ridículo (World Trade Center con su botella de agua mineral), lo sublime (la cinta con Pacino) o ambas cosas a la vez (la infravalorada comedia negra W.). Uno echa de menos, eso sí, a la hora de analizar su carrera en los resúmenes y especiales sobre su trayectoria, no ya menciones a su pasado en el cine de terror con La Mano y Seizure (co-dirigida con ¡Santos Alcocer!), sino a una cinta de bajo presupuesto ensandwichada temporalmente entre Wall Street y Nacido el 4 de Julio y que rodó para "relajarse" un poco de ser el exorcista oficial de USA y sus males...aunque no del todo. Para Talk Radio (Hablando con la Muerte) pilló un monólogo teatral del actor y dramaturgo Eric Bogosian (el malo de Alerta Máxima 2) y un libro sobre la historia real de Alan Berg, un locutor de radio de Denver que dirigió un talk-show donde recibía llamadas de teléfono de sus oyentes, principalmente ultraderechistas, rednecks, paletos de pueblo y demás "ordinary people" de la América más profunda y les contestaba de forma ruda y sin vacilar. Demasiados huevos al final le acabaron dando tortilla. Wikipedia es su amiga para saber por qué.
Aparte de ver a rostros familiares como Alec Baldwin cuando era delgado, John C. McGinley o Michael Wincott con peluca rubia y superfumado, la verdadera estrella del show es Bogosian recuperando su papel para el teatro de Barry Champlain, suerte de Howard Stern de Dallas autodestructivo y con tendencias suicidas que, tras ser estrella local, está a punto de dar el gran salto a escala nacional con su programa, donde recibe llamadas de adictos al crack, fascistas, majaderos y demás fauna al mismo tiempo que abre en antena sospechosos paquetes que, en vez de bombas, contienen ratas muertas y banderas con la esvástica. Ser judío y deslenguado hace que reciba amenazas de muerte de neo-nazis. Su ex-mujer estará presente el último día que el show se emitirá sólo en Dallas mientras los directivos de la cadena de radio intentan sin éxito que la estrella de la radio suavize el tono agresivo de sus declaraciones con poco éxito. Flashbacks innecesarios para explicar la ascensión en las ondas y ruptura matrimonial del divo intentan describir aún más al personaje que encarna un genial y desatado Bogosian cuyo rostro es todo un poema en los momentos de tensión máxima, al mismo tiempo que se marca un monólogo final de antología (y que en cierta manera me recuerda al de JCVD) sobre por qué la gente escucha su programa, donde Stone crea la ilusión de que el estudio dé vueltas alrededor de Champlain. Un Stone, por cierto, mucho más comedido en lo estilístico de lo habitual, sabedor de los orígenes teatrales del proyecto, pero que inyecta ritmo al montaje y que convierte al estudio en claustrofóbico, mientras su cámara se recrea en la cara de un Champlain desbocado que, tras su apariencia arrogante y temeraria, se esconde un alma rota en pedazos que alguna vez estuvo entera. Para ver en sesión doble con Network y montar debates sobre la libertad de expresión y blablablá. Y si acaba con un tema de la Penguin Café Orchestra, mejor que mejor.
Tres películas de cine fantástico de las cuales una fue un éxito grandioso y creó escuela con alumnos la mayoría muy tontos, otra fue regulín en taquilla pero también creó escuela con alumnos algo más aplicados y la tercera y última se estrelló en la taquilla y no dió ni para colocar la primera piedra de la escuela. Así las cosas, las ambiciones de Ridley Scott circa 1987 cotizaban a la baja mientras buscaba un guión ambientado en "la realidad" y con visos a triunfar en taquilla. Lo encontró con la típica historia de "atractiva mujer rica y guapa ve un brutal asesinato y un policía será el encargado de protegerla". Dos de los astros de moda de aquella época como eran Tom Berenger y Mimi Rogers se apuntaron a intentar reavivar la carrera de Scott. La taquilla dictó sentencia y Someone to Watch Over Me fue rápidamente enterrada bajo el manto del olvido incluso por los fans más acerrimos de Scott. En cierto modo es comprensible: Es un telefilm demasiado predecible y anodino donde no hay mucho que rascar en su interior. Pero lo verdaderamente interesante, aparte de ver cómo Berenger y Rogers se defienden con dignidad y cómo Lorraine Bracco les roba el show como esposa sufridora y cornuda de Berenger, es el envoltorio. Quizás nos encontremos ante el telefilm más lujosamente fotografiado de la historia, donde la cámara de Scott explora ese Manhattan pijo y elitista con sus fiestas para ricos, con el apartamento de la Rogers decorado con todo lujo de detalles donde la música clásica y la ópera retumban por sus paredes (y Scott aprovecha para homenajear a otro esteta visual como Jean-Jacques Beineix con la inclusión del aria "La Wally" cantanda, como en su obra maestra Diva, por Wilhelmina Wiggins Fernández) y con esas calles llenas de humo bladerunneriano e iluminación de anuncio de Cacharel eighties. Algunas escenas bien resueltas como Berenger enfrentado a un sicario del villano (Andreas Katsulas, una especie de joven Fernando Schwartz del todo a 1 euro) en un momento deudor de La Dama de Shangai con el siempre efectivo "juego de espejos", la comida en el restaurante donde la Bracco descubre la infidelidad de su marido y una banda sonora con versiones de Sting y Roberta Flack de la canción que da titulo a la película, amén del Memoirs of Green de Vangelis rescatado de Blade Runner acaban por dar a la cinta un cierto interés.
El siempre ambicioso y emprendedor Richard Branson suele triunfar en lo que se propone, aunque también tuvo sus buenos fracasos. Refrescos, confección de vestidos de novia o últimamente la Fórmula-1 no llenaron aún más sus bolsillos. Y el mundo del cine también se le resistió con Virgin Films. A principios de los 80 distribuyó en video en U.K. algunas películas como Salvador de Oliver Stone y produjo o co-financió fracasos como Principiantes de Julien Temple, 1984 de Michael Radford o el caso que nos ocupa, su primera gran producción que en teoría debía haber arrasado en taquilla pero que se hundió sin remedio. Y eso que Branson aportó artistas de su compañía de discos como Culture Club, Heaven 17, el líder de la ELO Jeff Lynne o un Giorgio Moroder que compuso la banda sonora incidental y el tema principal de la película, cantado por Phil Oakley de The Human League, que triunfó mucho más que la cinta. De nerd propietario del ordenador que cobra viday de interés amoroso de la cual ambos se enamoran se fichó a unos emergentes Lenny Von Dohlen y Virginia Madsen. Y como director, un titán del mundo de los videoclips de principios de los 80, Steve Barron, de quién para resumirles su currículum decirles que fue el responsable de que las baldosas de la calle se iluminasen allí por donde Michael Jackson las pisaba. Su trayectoria cinematográfica tras Sueños Eléctricos continuaría con las Tortugas Ninja, Los Caraconos o una nueva versión de Pinocho con Martin Landau hasta que cayó en el olvido y se dedicó a recordar glorias pasadas.
Producto claramente propio de su época del que hay que abandonar el modo destroyer a la hora de juzgarlo, el bueno de Barron no abandonó el estilo videoclipero-ochentero con el que triunfó, sino que lo glorifica con grandes angulares, “ojos de pez”, iluminación esteticista y pseudovideoclips dentro de la película que permiten sin embargo ver una pequeña crítica a la excesiva dependencia de la tecnología en la que vivimos mientras contemplamos el show del ordenador Edgar (con la voz en versión original de Bud Harold y Maude Cort) aprendiendo a tocar música gracias a los anuncios de la tele y al violonchelo que toca la Madsen. Es la propia simplicidad del film la que acaba jugando a favor del mismo y el entusiasmo tras las cámaras de Barron a la hora de rodarlo. “Partidas de comecocos humanos” por la casa del protagonista, el ordenador armándola en la ópera, visitas románticas a la cárcel de Alcatraz y un epílogo glorioso/vergüenzajenístico con la famosa cancioncita rematan la simpática propuesta.
Si la historia de "hombre-perseguido-en-una-cacería-humana" les suena, den las gracias a El Malvado Zaroff, el clásico de los años 30 del que beben fuentes tanto Blanco Humano como el caso que nos ocupa, rodado justo un año después de la épica Vandammiana por el habitual director de fotografía de Spike Lee y futuro habitual del cine de terror de bajas ambiciones y presupuesto Ernest Dickerson. Para su película, consiguió reunir a un auténtico Dream Team que haría el sueño húmedo de todo aficionado a la serie B de acción más entrañable: El padre del gangsta-rap Ice-T como "sin techo" perseguido y en la nómina de ricachones perseguidores, Rutger Hauer como líder, Charles S. Dutton como segundo al mando y reclutador de presas, Gary Busey como psicólogo de la CIA más tarado que sus pacientes, John C. McGinley de magnate del petróleo que desea ser el primero en abatir a la presa, F. Murray Abraham como tiburón de las finanzas de Wall Street y William McNamara como hijo horrorizado con las actividades de su padre en su tiempo libre contrario a la caza del homeless. Hay quien dice que quizás Dickerson quería hacer un sutil comentario social con el tema de ricos sin escrúpulos persiguiendo a los desheredados y marginados de la sociedad, pero dejemos el asunto a los sociólogos.
Juego de Supervivencia es una modesta cinta de acción testosteronizada que, aunque no aporte excesivas novedades, cumple con sus objetivos y tiene detalles que merecen la pena. Vean sino la cena que acontece en la cabaña la noche antes de la "cacería" donde vemos quién es quién en la mesa y en donde Gary Busey se marca un monólogo impagable sobre su infancia y cómo se hizo una cicatriz o la pelea que acontece justo afuera en la cabina en llamas entre un Busey ya por completo desmadrado y Ice-T, con frases del tipo "me gusta la carne hecha". Llaman también la atención los toques gore con uno de los cazadores que se queda sin piernas por una explosión mientras habla de hacer planes para la próxima expedición. Correctas escenas de acción en los bosques a lo Acorralado y ver a los actores pasándoselo pipa consiguen un buen entretenimiento de hora y media que palidece al lado de su coetánea Blanco Humano.
Vamos al grano y diremos que Campeón de Campeones es todo un festín para los amantes de las historias de "superación personal", "lecciones que los protagonistas aprenden por el camino", "tó er mundo é güeno" y "festivales de tópicos". Nada hay que un espectador curtido en Rockys, Karates Kids y similares no haya visto antes y mejor. Por no faltar, no falta uno de los recursos favoritos para los guionistas de este tipo de cintas: La tragedia personal del héroe, que en este caso se sitúa en dos frentes. Por un lado, Alex Grady (Eric Roberts, con su nominación al Oscar por Runaway Train a cuestas), antigua estrella marcial enviudada que debido a una lesión grave de hombro está de currela en una cadena de montaje y cuyo hijo acabará en coma tras un accidente de coche poniendo en peligro su participación en el torneo y blablablá; y por otro Tommy Lee (Phillip Rhee, co-guionista de la cinta), instructor de artes marciales para críos cuyo hermano murió en combate con un coreano con parche en el ojo (Simon Rhee, coreógrafo de peleas y hermano de Phillip) que resulta ser la estrella del equipo Surcoreano de Taekwondo. Ambos acaban formando parte del equipo USA de Taekwondo del que forman parte el budista Virgil Keller (John Dye), el italoamericano Sonny Grasso (David Agresta) y el texano redneck y racista Travis Brickey (un nada sutil homenaje a cierto guión de Paul Schrader), encarnado por el mismísimo y difunto Chris Penn. Ahí reside una de las diferencias de Campeón de Campeones respecto a otras cintas marciales: Aparte de la presencia de dos hermanísimos de estrellas de Hollywood en el reparto, los productores se hicieron con los servicios de otros dos nombres de prestigio. Como entrenador-más-duro-que-cinco-pesetas-pero-con-un-corazón-de-oro-en-el-fondo-y-también-con-"pasado" ficharon a una de las voces más reconocibles de Estados Unidos como es James Earl Jones. Y como "ayudante espiritual" que ayuda a los alumnos a entrenar la mente y tenerla despejada...Sally Kirkland (¡?...aunque leyendo el dato de que es predicadora de la Church of the Movement of the Spiritual Inner Awareness quizás ya no suene tan rara para el papel). Tres nominados al Oscar en la misma película de artes marciales. Amén de una ganadora del premio en horas muy abisales como Louise Fletcher de madre de Alex Grady.
Una vez que asumimos el carrusel de tópicos que nos aguardan en la próxima hora y media y que poco lugar hay para la sorpresa, decir que la visión a día de hoy de este pequeño mito del videoclub acaba siendo hasta cierto punto gratificante en la época del montaje rápido que vivimos, con peleas rodadas a la vieja usanza y que pueden seguirse bien, llegando incluso a producir algo de emoción en un espectador que sigue de forma correcta el espartano entrenamiento donde los combatientes vencerán sus prejuicios y problemas personales casi de la noche a la mañana. Montajes de entrenamiento con música AORtera puramente ochentera, peleas en bares, coreanos entrenados con extrema dureza, furia reprimida, discursos sacados del manual de oro del entrenador de película, golpes ilegales no sancionados por el árbitro, hombros dislocados y vueltos a poner en su sitio para un dramático enfrentamiento y un final de combate y epílogo quizás inverosímil pero rodado y actuado con una sinceridad tal que acabamos aceptándolo.
Aunque de las antípodas nos llegaron unos cuantos buenos ejemplos de que en el continente de la cerveza Foster's y Paul Hogan también sabían cómo rodar cine fantástico y de acción, uno aún no ha leído en papel un estudio en profundidad que analice cintas y cineastas de aquella zona. Y eso que algunos hasta acabaron haciendo carrera en Hollywood a lo grande como George Miller o en los circuitos de la serie B y bajo presupuesto, como Geoff Murphy o el caso que tenemos entre manos de Russell Mulcahy. Un realizador de videoclips que se encargó de algunos de los más famosos clips de los 80, lanzando a los Duran Duran o aniquilando a la estrella de la radio. Para su debut en la dirección de películas de ficción propiamente dicho, pilló un homenaje/plagio de Tiburón ambientado en el desierto australiano en el que, en vez de un escualo, el bicho asesino en cuestión era un jabalí gigante. Sospecho que así se aseguraba el hacer la mejor película sobre un jabalí asesino de la historia del cine, lo que no es poca ambición.
Y el caso es que, sabiendo de antemano lo que uno va a ver, la película funciona bastante bien. A falta de originalidad, pensó Mulcahy, bueno es el estilo con el que está rodada, puramente videoclipero de los 80 y con un montón de cielos anaranjados, ángulos imposibles, noches donde la máquina de hacer niebla debió quedarse sin batería de tanto usarla y mataderos iluminados por luces azules bladerunnerescas. Y, como todo exploit de Tiburón que se precie, usando la cámara subjetiva (en este caso la steadicam) para mostrar los movimientos y ataques del jabalí asesino...y ya de paso para reforzar el misterio del bicho, sugerir en vez de mostrar, evitar mostrar que el bicho es un animatronic mostrando sólo pequeñas partes de su cara, blablablá. Aparte de la superficie, se pueden rascar más cosas en el interior de la cinta como ese retrato impagable de la Australia más profunda empezando por el par de hermanos paletos aussies que, como comentan las críticas, bien podrían formar parte del universo del Tobe Hooper de La Matanza de Texas o Trampa para Turistas y que son casi tanto más villanos que el jabalí en cuestión. O el sueño del protagonista (Gregory Harrison) en medio del desierto donde se imagina que el esqueleto de un caballo le persigue. Un abuelete en busca de venganza al más puro estilo Quint, dirección de fotografía de un Dean Semler antes de triunfar con Bailando con Lobos y ser ocasional director de películas de acción y dosis de gore para tener contentos a los fans redondean la simpática propuesta.
Creo que fue Nathan Rabin, crítico de la muy recomendable página The A.V. Club, el que afirmó más o menos que "la política y las buenas intenciones arruinaron a más cineastas que el exceso de drogas, dinero y ego juntos". Quizás sea una afirmación tremendista, pero muy probablemente la tuvo en mente a la hora de analizar el caso de Alex Cox, cineasta británico y gamberro punk cuyo destino era pertenecer a esa nueva ola de cine independiente pre-Tarantino que surgió en los años 80 de la que formaron parte los Hermanos Coen, Spike Lee, Hal Hartley, Jim Jarmusch, etc. Con Repo Man y Sid & Nancy consiguió el elogio de la crítica y el estatus de cineasta de culto que podría ser considerado "el autor del futuro". Hombre comprometido políticamente, y con su nuevo poder como "cineasta de moda", quiso organizar una gira de conciertos en beneficio de la causa Sandinista de Nicaragua en la que actuarían Elvis Costello, The Pogues y Joe Strummer. La gira no se celebró, pero la semilla de Nicaragua quedó plantada en Cox. Decidió que su siguiente gran proyecto sería un biopic sobre William Walker, un soldado de fortuna estadounidense de mediados del Siglo XIX que intentó anexar parte de México a los Estados Unidos y que luego invadió Nicaragua apoyado por empresarios capitalistas que deseaban hacer negocios en la zona. Poco se imaginaban que, tras una serie de intrigas, traiciones y muertes, Walker se convertiría en el nuevo presidente del país gobernándolo con tiranía hasta que fue expulsado de Nicaragua y, años más tarde, ejecutado en Honduras. Con las aventuras de Reagan y la Contra por el país centroamericano en plenos años 80, Cox vió una oportunidad de trazar un paralelismo entre las políticas de los 80 con las del siglo XIX para demostrar que nada había cambiado desde entonces. Walker, la película, fue financiada por Universal Pictures y se rodaría en Nicaragua misma, donde un montón de dólares ayudarían a la economía local y darían muchos puesto de trabajo en el rodaje.
Pero con los preparativos, construcción de decorados, casting y demás, Cox disponía de mucho tiempo libre hasta que comenzase el rodaje. Se le encendió la bombilla de las ideas y llamó a los músicos que iban a participar en el concierto abortado. Les preguntó si tenían sus agendas libres, le respondieron que sí, y el director les propuso irse a España a rodar un homenaje a los Spaghetti-Western. Escribió el guión en dos días, cogió algo del dinero que sobraba para hacer Walker, llamó a más colegas como Jim Jarmusch o Courtney Love y pronto se encontró en Almería para rodar Straight To Hell (Directos Al Infierno), historia de un grupo de atracadores que tras robar un banco se les para el coche en pleno desierto almeriense para acabar en un poblado estereotípico de los Spaghettis de los años 60 donde son admitidos en un principio y después acaban involucrados en una sangrienta escabechina donde poquitos quedarán con vida. Los críticos la pusieron como un trapo considerándola básicamente una reunión de amiguetes carente de gracia alguna y en taquilla fue desastrosa, pero todo el mundo estaba de acuerdo en que se trataba de un ligero capricho sin menores consecuencias y se esperó a que Cox rodase su siguiente y más importante película.
Cuando Cox llegó a los estudios Universal con la película montada en Nicaragua, los ejecutivos quedaron poco menos que asqueados: Habían financiado una denuncia de cómo la historia se repite una y otra vez con el intervencionismo americano en ciertos países llena de violencia explícita, alejada de los gustos imperantes del público y llena de anacronismos intencionados que acentuaban los parecidos con la realidad del momento. Con 6 millones de dólares de presupuesto (bajo, pero el más grande del que ha disponido Cox y que fueron una alegría para la economía nicaragüense), Walker se estrenó malamente en cuatro cines mal contados y dependía del boca oreja del público y los posibles elogios de la crítica. Las críticas fueron terribles, tanto por los más conservadores como por los más progresistas, que acusaron a la película de ser una burda farsa que no se tomaba en serio su tema y a los que chirrió los tan cacareados anacronismos. Recaudó 250.000 miserables dólares y la carrera de Cox en Hollywood quedó hecha añicos. Desde entonces y hasta la fecha, Cox se dedicó a rodar en los circuitos más marginales del cine indie, fue despedido de Miedo y Asco en Las Vegas siendo sustituido por Terry Gilliam, presentó un programa de cine en el que presentaba películas de culto (Moviedrome), escribió (y aún lo hace) artículos y críticas de cine y hace papelitos para su amigo y tocayo Álex De La Iglesia en Perdita Durango y Los Crímenes de Oxford. También afirma, a quien quiera oírle, que en sus días de gloria le ofrecieron rodar Tres Amigos (rechazada, según él, porque su guión defendía el derecho de USA a intervenir violentamente en países extranjeros), Perseguido con Chuache y Robocop 2.
Centrándonos en la película en sí: Me quito el sombrero por la audacia/valentía/huevos (táchese lo que proceda) del director. Una locura maravillosa durante buena parte de su metraje cuya figura central es un Ed Harris magnífico que se aproxima a Walker como un líder no muy alejado en ambiciones, megalomanía y locura del Aguirre de Werner Herzog que pierde su único vínculo con el sentido común y la realidad con la muerte de su esposa sordomuda Ellen Martin (Marlee Matlin justo después de ganar su Oscar) a causa del cólera y que acaba creyéndose poco menos que invencible e inmune a las balas y la muerte, como muestra la escena inicial en México donde su ejército de mercenarios está a punto de sucumbir hasta la aparición "milagrosa" de una tormenta de arena, la impagable escena de la primera batalla en Nicaragua donde se aproxima sin vacilar al enemigo que dispara a quemarropa sin que ni una sola de las balas le llegue a alcanzar mientras que sus mercenarios caen como moscas, ese momento en plena batalla donde Walker se pone a tocar el piano en una casa derruida o cuando sobrevive a un intento de asesinato que refuerza sus delirios de grandeza. La sombra de Peckinpah está presente en la película por la intervención en el guión del guionista Rudy Wurlitzer (Pat Garrett & Billy The Kid), la visión de una lápida con su nombre y, sobre todo, por el modo de rodar los abundantes tiroteos, profusos en el empleo de la cámara lenta y con borbotones de sangre que debieron acabar con la cosecha de tomates de Nicaragua y que harán las delicias de los fans del gore de culto. Véase también ese momento en el tramo final con un Walker decididamente convertido con un predicador fanático con su ropaje y verborrea que, en medio del caos y en el altar de una iglesia, se come el corazón de un herido en la batalla con gusto sádico.
¿En qué consisten los anacronismos? Empiezan con la visión de un Mercedes adelantando a un carruaje y continúan con botellas de Coca-Cola, revistas de Newsweek y Time Magazine leídas por los personajes y hasta un ordenador en el despacho de Cornelius Vanderbilt (Peter Boyle), mecenas de la invasión que tiene la costumbre de echar ventosidades en público para reafirmar lo malo y capitalista que es. Anacronismos que aparecen justo cuando empieza la "caída de los dioses" de Walker y que acaban desperdigados en una última media hora sin mesura, de narración fragmentada y hasta caótica y donde los hechos se apelotonan. Aunque quizás fuera la única manera que tenía Cox de llegar a los espectaculares minutos finales, donde contemplamos un puro y duro "Apocalipsis Ahora" sin efectos de sonido y aderezados únicamente con la excelente banda sonora de Joe Strummer. Una orgía de fuego, explosiones, cadáveres y tiroteos que acaban en la retina del espectador tiempo después de ver la película. El tono nihilista y decididamente pesimista queda rematado con el último discurso de Walker a los que quedan en pie y con los créditos finales, que nos recuerdan que la historia está condenada a repetirse.