Los tres principales involucrados en 37 Horas Desesperadas tenían motivos para desear que la cinta fuera un éxito: Por una parte, el director Michael Cimino perdió el escaso prestigio que había recuperado con Year of the Dragon con su pelea contra los productores de El Siciliano en la sala de montaje y con la baja recaudación de ésta; Por otro lado, el productor Dino De Laurentiis necesitaba llenar sus maltrechos cofres con algo taquillero como parecía ser este remake del clásico de Bogart de 1955 en el que un criminal con la ayuda de su abogada y dos compinches escapaba de prisión y se ocultaba en una casa tomando como rehenes a una familia; y, last but not least, un Mickey Rourke que desde Réquiem por los que van a Morir acumulaba una cantidad considerable de fiascos crítico/taquilleros amén de una cada vez más notoria desidia por el mundo del cine. Quizás pensaba que volver a reunirse con su amigo y descubridor para el cine Cimino le vendría bien para recuperar su ilusión por actuar. Todo fue bien en el rodaje pero otra vez más la sala de montaje sería motivo de disgusto del realizador: Buena parte de la parte central de la película, sobre todo en lo que se refería a los personajes de Kelly Lynch (la abogada rubia y amante de Rourke) y Lindsay Crouse (la agente del FBI encargada de detener a Rourke), que él consideraba esenciales para la trama desaparecieron gracias a las tijeras de podar de De Laurentiis. Cuando se estrenó, fue un fracaso estrepitoso que dejó más maltrechos si cabe a las tres mentes pensantes de la actualización de la cinta de William Wyler.

Aunque sea un encargo rodado con más o menos solvencia, con errores de casting garrafales (la pareja formada por Anthony Hopkins y Mimi Rogers; química cero) y obvios cortes de montaje que dejan agujeros en la trama, aún hay motivos para que echen un vistazo a la cinta: Por ejemplo, un Rourke pasándoselo en grande gritando mucho, intimidando a Rogers enroscando el cable del teléfono a su dedo o en sus duelos con Hopkins (al que admiró mucho durante el rodaje). O la lujosa fotografía de Doug Milsome, colaborador de Stanley Kubrick o Jean-Claude Van Damme, intentando dar sensación de claustrofobia en la casa donde el criminal fugado Rourke se oculta junto a su hermano (Elias Koteas) y su amigo corto de mente (David Morse) o luciéndose en los espectaculares exteriores de la naturaleza de Utah. Posiblemente los momentos donde Cimino se lo pasó mejor. Como suele ser habitual en su cine, siempre que puede se escapa a los bosques y parajes típicos de USA filmando planos de gran belleza en un lujoso scope. También, como suele ser habitual, acaba montando una escabechina con tiroteos salvajes y excelentemente filmados y montados donde prácticamente no se libra ni el apuntador. Como gran momento, esa huida a ninguna parte de Morse perseguido por las fuerzas vivas, a la que Cimino imprime poesía de dónde no la había en el guión y que poca gente vió.