Lost in Managua
Creo que fue Nathan Rabin, crítico de la muy recomendable página The A.V. Club, el que afirmó más o menos que "la política y las buenas intenciones arruinaron a más cineastas que el exceso de drogas, dinero y ego juntos". Quizás sea una afirmación tremendista, pero muy probablemente la tuvo en mente a la hora de analizar el caso de Alex Cox, cineasta británico y gamberro punk cuyo destino era pertenecer a esa nueva ola de cine independiente pre-Tarantino que surgió en los años 80 de la que formaron parte los Hermanos Coen, Spike Lee, Hal Hartley, Jim Jarmusch, etc. Con Repo Man y Sid & Nancy consiguió el elogio de la crítica y el estatus de cineasta de culto que podría ser considerado "el autor del futuro". Hombre comprometido políticamente, y con su nuevo poder como "cineasta de moda", quiso organizar una gira de conciertos en beneficio de la causa Sandinista de Nicaragua en la que actuarían Elvis Costello, The Pogues y Joe Strummer. La gira no se celebró, pero la semilla de Nicaragua quedó plantada en Cox. Decidió que su siguiente gran proyecto sería un biopic sobre William Walker, un soldado de fortuna estadounidense de mediados del Siglo XIX que intentó anexar parte de México a los Estados Unidos y que luego invadió Nicaragua apoyado por empresarios capitalistas que deseaban hacer negocios en la zona. Poco se imaginaban que, tras una serie de intrigas, traiciones y muertes, Walker se convertiría en el nuevo presidente del país gobernándolo con tiranía hasta que fue expulsado de Nicaragua y, años más tarde, ejecutado en Honduras. Con las aventuras de Reagan y la Contra por el país centroamericano en plenos años 80, Cox vió una oportunidad de trazar un paralelismo entre las políticas de los 80 con las del siglo XIX para demostrar que nada había cambiado desde entonces. Walker, la película, fue financiada por Universal Pictures y se rodaría en Nicaragua misma, donde un montón de dólares ayudarían a la economía local y darían muchos puesto de trabajo en el rodaje.
Pero con los preparativos, construcción de decorados, casting y demás, Cox disponía de mucho tiempo libre
hasta que comenzase el rodaje. Se le encendió la bombilla de las ideas y llamó a los músicos que iban a participar en el concierto abortado. Les preguntó si tenían sus agendas libres, le respondieron que sí, y el director les propuso irse a España a rodar un homenaje a los Spaghetti-Western. Escribió el guión en dos días, cogió algo del dinero que sobraba para hacer Walker, llamó a más colegas como Jim Jarmusch o Courtney Love y pronto se encontró en Almería para rodar Straight To Hell (Directos Al Infierno), historia de un grupo de atracadores que tras robar un banco se les para el coche en pleno desierto almeriense para acabar en un poblado estereotípico de los Spaghettis de los años 60 donde son admitidos en un principio y después acaban involucrados en una sangrienta escabechina donde poquitos quedarán con vida. Los críticos la pusieron como un trapo considerándola básicamente una reunión de amiguetes carente de gracia alguna y en taquilla fue desastrosa, pero todo el mundo estaba de acuerdo en que se trataba de un ligero capricho sin menores consecuencias y se esperó a que Cox rodase su siguiente y más importante película.
Cuando Cox llegó a los estudios Universal con la película montada en Nicaragua, los ejecutivos quedaron poco menos que asqueados: Habían financiado una denuncia de cómo la historia se repite una y otra vez con el intervencionismo americano en ciertos países llena de violencia explícita, alejada de los gustos imperantes del público y llena de anacronismos intencionados que acentuaban los parecidos con la realidad del momento. Con 6 millones de dólares de presupuesto (bajo, pero el más grande del que ha disponido Cox y que fueron una alegría para la economía nicaragüense), Walker se estrenó malamente en cuatro cines mal contados y dependía del boca oreja del público y los posibles elogios de la crítica. Las críticas fueron terribles, tanto por los más conservadores como por los más progresistas, que acusaron a la película de ser una burda farsa que no se tomaba en serio su tema y a los que chirrió los tan cacareados anacronismos. Recaudó 250.000 miserables dólares y la carrera de Cox en Hollywood quedó hecha añicos. Desde entonces y hasta la fecha, Cox se dedicó a rodar en los circuitos más marginales del cine indie, fue despedido de Miedo y Asco en Las Vegas siendo sustituido por Terry Gilliam, presentó un programa de cine en el que presentaba películas de culto (Moviedrome), escribió (y aún lo hace) artículos y críticas de cine y hace papelitos para su amigo y tocayo Álex De La Iglesia en Perdita Durango y Los Crímenes de Oxford. También afirma, a quien quiera oírle, que en sus días de gloria le ofrecieron rodar Tres Amigos (rechazada, según él, porque su guión defendía el derecho de USA a intervenir violentamente en países extranjeros), Perseguido con Chuache y Robocop 2.
Centrándonos en la película en sí: Me quito el sombrero por la audacia/valentía/huevos (táchese lo que proceda) del director. Una locura maravillosa durante buena parte de su metraje cuya figura central es un Ed Harris magnífico que se aproxima a Walker como un líder no muy alejado en ambiciones, megalomanía y locura del Aguirre de Werner Herzog que pierde su único vínculo con el sentido común y la realidad con la muerte de su esposa sordomuda Ellen Martin (Marlee Matlin justo después de ganar su Oscar) a causa del cólera y que acaba creyéndose poco menos que invencible e inmune a las balas y la muerte, como muestra la escena inicial en México donde su ejército de mercenarios está a punto de sucumbir hasta la aparición "milagrosa" de una tormenta de arena, la impagable escena de la primera batalla en Nicaragua donde se aproxima sin vacilar al enemigo que dispara a quemarropa sin que ni una sola de las balas le llegue a alcanzar mientras que sus mercenarios caen como moscas, ese momento en plena batalla donde Walker se pone a tocar el piano en una casa derruida o cuando sobrevive a un intento de asesinato que refuerza sus delirios de grandeza. La sombra de Peckinpah está presente en la película por la intervención en el guión del guionista Rudy Wurlitzer (Pat Garrett & Billy The Kid), la visión de una lápida con su nombre y, sobre todo, por el modo de rodar los abundantes tiroteos, profusos en el empleo de la cámara lenta y con borbotones de sangre que debieron acabar con la cosecha de tomates de Nicaragua y que harán las delicias de los fans del gore de culto. Véase también ese momento en el tramo final con un Walker decididamente convertido con un predicador fanático con su ropaje y verborrea que, en medio del caos y en el altar de una iglesia, se come el corazón de un herido en la batalla con gusto sádico.

¿En qué consisten los anacronismos? Empiezan con la visión de un Mercedes adelantando a un carruaje y continúan con botellas de Coca-Cola, revistas de Newsweek y Time Magazine leídas por los personajes y hasta un ordenador en el despacho de Cornelius Vanderbilt (Peter Boyle), mecenas de la invasión que tiene la costumbre de echar ventosidades en público para reafirmar lo malo y capitalista que es. Anacronismos que aparecen justo cuando empieza la "caída de los dioses" de Walker y que acaban desperdigados en una última media hora sin mesura, de narración fragmentada y hasta caótica y donde los hechos se apelotonan. Aunque quizás fuera la única manera que tenía Cox de llegar a los espectaculares minutos finales, donde contemplamos un puro y duro "Apocalipsis Ahora" sin efectos de sonido y aderezados únicamente con la excelente banda sonora de Joe Strummer. Una orgía de fuego, explosiones, cadáveres y tiroteos que acaban en la retina del espectador tiempo después de ver la película. El tono nihilista y decididamente pesimista queda rematado con el último discurso de Walker a los que quedan en pie y con los créditos finales, que nos recuerdan que la historia está condenada a repetirse.
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31 dic 2010 | 12:08 AM
Me acabo de quedar helado.
31 dic 2010 | 01:01 PM
Acojona tronco, acojona.