El siempre ambicioso y emprendedor Richard Branson suele triunfar en lo que se propone, aunque también tuvo sus buenos fracasos. Refrescos, confección de vestidos de novia o últimamente la Fórmula-1 no llenaron aún más sus bolsillos. Y el mundo del cine también se le resistió con Virgin Films. A principios de los 80 distribuyó en video en U.K. algunas películas como Salvador de Oliver Stone y produjo o co-financió fracasos como Principiantes de Julien Temple, 1984 de Michael Radford o el caso que nos ocupa, su primera gran producción que en teoría debía haber arrasado en taquilla pero que se hundió sin remedio. Y eso que Branson aportó artistas de su compañía de discos como Culture Club, Heaven 17, el líder de la ELO Jeff Lynne o un Giorgio Moroder que compuso la banda sonora incidental y el tema principal de la película, cantado por Phil Oakley de The Human League, que triunfó mucho más que la cinta. De nerd propietario del ordenador que cobra vida y de interés amoroso de la cual ambos se enamoran se fichó a unos emergentes Lenny Von Dohlen y Virginia Madsen. Y como director, un titán del mundo de los videoclips de principios de los 80, Steve Barron, de quién para resumirles su currículum decirles que fue el responsable de que las baldosas de la calle se iluminasen allí por donde Michael Jackson las pisaba. Su trayectoria cinematográfica tras Sueños Eléctricos continuaría con las Tortugas Ninja, Los Caraconos o una nueva versión de Pinocho con Martin Landau hasta que cayó en el olvido y se dedicó a recordar glorias pasadas.

Producto claramente propio de su época del que hay que abandonar el modo destroyer a la hora de juzgarlo, el bueno de Barron no abandonó el estilo videoclipero-ochentero con el que triunfó, sino que lo glorifica con grandes angulares, “ojos de pez”, iluminación esteticista y pseudovideoclips dentro de la película que permiten sin embargo ver una pequeña crítica a la excesiva dependencia de la tecnología en la que vivimos mientras contemplamos el show del ordenador Edgar (con la voz en versión original de Bud Harold y Maude Cort) aprendiendo a tocar música gracias a los anuncios de la tele y al violonchelo que toca la Madsen. Es la propia simplicidad del film la que acaba jugando a favor del mismo y el entusiasmo tras las cámaras de Barron a la hora de rodarlo. “Partidas de comecocos humanos” por la casa del protagonista, el ordenador armándola en la ópera, visitas románticas a la cárcel de Alcatraz y un epílogo glorioso/vergüenzajenístico con la famosa cancioncita rematan la simpática propuesta.