A finales de los 80, Oliver Stone estaba en su "momento caliente" con Platoon. Momento en el que todo lo que estrenaba era debatido hasta la saciedad, encumbrado por los críticos (a veces de forma exagerada) y hasta triunfando en taquilla. El "momento caliente" se enfrió con el fiasco de su reivindicable Nixon y, con la excepción de Un Domingo Cualquiera, sus estrenos no fueron todo lo bien que su autor quisiera, caminando en una fina línea entre lo ridículo (World Trade Center con su botella de agua mineral), lo sublime (la cinta con Pacino) o ambas cosas a la vez (la infravalorada comedia negra W.). Uno echa de menos, eso sí, a la hora de analizar su carrera en los resúmenes y especiales sobre su trayectoria, no ya menciones a su pasado en el cine de terror con La Mano y Seizure (co-dirigida con ¡Santos Alcocer!), sino a una cinta de bajo presupuesto ensandwichada temporalmente entre Wall Street y Nacido el 4 de Julio y que rodó para "relajarse" un poco de ser el exorcista oficial de USA y sus males...aunque no del todo. Para Talk Radio (Hablando con la Muerte) pilló un monólogo teatral del actor y dramaturgo Eric Bogosian (el malo de Alerta Máxima 2) y un libro sobre la historia real de Alan Berg, un locutor de radio de Denver que dirigió un talk-show donde recibía llamadas de teléfono de sus oyentes, principalmente ultraderechistas, rednecks, paletos de pueblo y demás "ordinary people" de la América más profunda y les contestaba de forma ruda y sin vacilar. Demasiados huevos al final le acabaron dando tortilla. Wikipedia es su amiga para saber por qué.
Aparte de ver a rostros familiares como Alec Baldwin cuando era delgado, John C. McGinley o Michael Wincott con peluca rubia y superfumado, la verdadera estrella del show es Bogosian recuperando su papel para el teatro de Barry Champlain, suerte de Howard Stern de Dallas autodestructivo y con tendencias suicidas que, tras ser estrella local, está a punto de dar el gran salto a escala nacional con su programa, donde recibe llamadas de adictos al crack, fascistas, majaderos y demás fauna al mismo tiempo que abre en antena sospechosos paquetes que, en vez de bombas, contienen ratas muertas y banderas con la esvástica. Ser judío y deslenguado hace que reciba amenazas de muerte de neo-nazis. Su ex-mujer estará presente el último día que el show se emitirá sólo en Dallas mientras los directivos de la cadena de radio intentan sin éxito que la estrella de la radio suavize el tono agresivo de sus declaraciones con poco éxito. Flashbacks innecesarios para explicar la ascensión en las ondas y ruptura matrimonial del divo intentan describir aún más al personaje que encarna un genial y desatado Bogosian cuyo rostro es todo un poema en los momentos de tensión máxima, al mismo tiempo que se marca un monólogo final de antología (y que en cierta manera me recuerda al de JCVD) sobre por qué la gente escucha su programa, donde Stone crea la ilusión de que el estudio dé vueltas alrededor de Champlain. Un Stone, por cierto, mucho más comedido en lo estilístico de lo habitual, sabedor de los orígenes teatrales del proyecto, pero que inyecta ritmo al montaje y que convierte al estudio en claustrofóbico, mientras su cámara se recrea en la cara de un Champlain desbocado que, tras su apariencia arrogante y temeraria, se esconde un alma rota en pedazos que alguna vez estuvo entera. Para ver en sesión doble con Network y montar debates sobre la libertad de expresión y blablablá. Y si acaba con un tema de la Penguin Café Orchestra, mejor que mejor.
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