Un Clint Eastwood ya encumbrado por los críticos después de años de ceguera decidió un buen día adaptar el best seller de John Berendt (John Kelso en la película e interpretado por John Cusack) sobre el suceso real de la muerte de un joven chapero (un fugaz Jude Law) en la mansión de un millonario de Savannah (Georgia). Era la tercera vez en su carrera, tras Primavera en Otoño y Bird que no se ponía delante de las cámaras en una película dirigida por él. La reacción general fue de indiferencia absoluta y Medianoche en el Jardín del Bien y del Mal quedó entre los títulos arrinconados injustamente de Eastwood mientras otras de sus propuestas eran elevadas a los altares de forma desmedida. A veces despechada como simple película de juicios, lo cual es falso más que nada porque estas escenas sólo ocupan una parte de la segunda mitad de cinta, más que interesarse por el caso de Jim Williams (Kevin Spacey en su versión más cínica y bigotuda),  su "Rashomon" particular y el juicio le sirven de excusa al viejo Clint para rendir tributo a la ciudad de Johnny Mercer a través de sus personajes excéntricos (el viejo que pasea al perro invisible, el "hombre de los abejorros" encarnado por el amiguete Geoffrey Lewis), de entre los que destaca la bigger than life Lady Chablis (as herself). Uno sospecha que Clint vió la oportunidad para continuar sus coqueteos con el "cine fantástico/sobrenatural", ya desde su brevísima aparición en Tarántula de Jack Arnold y que aquí representa con la sacerdotisa vudú Minerva (Irma P. Hall), sus escenas en el cementerio y el clímax final de ultratumba.  Algunos minutos sobrantes en un conjunto de casi dos horas y media y la presencia del florero de su hija Allison, pero al final todo acaba resultando una pequeña delicia.